El otro día asistí a la presentación de Rastro de sangre en un pueblo pequeño como Puebla de Alcocer. Y, como suele ocurrir en estos lugares, el acto tuvo algo especial. El autor, Óscar de los Reyes, es de Cabeza del Buey, a pocos kilómetros de aquí. Esa cercanía se notaba en el ambiente: no había distancia entre quien escribe y quienes escuchan.
Durante la presentación explicó que Rastro de sangre es una historia de intriga concebida como un juego con el lector, donde el asesino —y el propio relato— se cree más listo que quien lee. La información se dosifica con precisión, el suspense se mantiene hasta el final y no hay concesiones fáciles ni pistas evidentes. El misterio se sostiene hasta la última página.
Pero quizá lo más llamativo del acto no fue solo el libro, sino el público. Asistieron unas treinta personas, en su mayoría mujeres de entre 50 y 70 años. Solo dos hombres. Un dato que, lejos de ser anecdótico, dice mucho sobre quién sostiene hoy la vida cultural en los pueblos y quién sigue apostando por los libros, las historias y los encuentros tranquilos alrededor de la palabra.
Que una novela de intriga se presente así, en un entorno íntimo y con un público lector fiel, confirma algo que a veces se olvida: la cultura en los pueblos no solo existe, resiste. Y lo hace gracias a personas que siguen creyendo en el valor de sentarse, escuchar y dejarse atrapar por una buena historia.
La presentación de Rastro de sangre no fue multitudinaria ni ruidosa. Fue algo mejor: honesta, cercana y profundamente humana. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
La romería de San José: cuando el pueblo sale al campo ( Talarrubias)
Hay días en los pueblos que no se anuncian con palabras, sino con ambiente. La romería de San José es uno de ellos. No hace falta mirar el calendario: se nota en las caras, en el movimiento, en ese aire distinto que recorre las calles desde primera hora. La romería no...


