FITUR 2026: el año de la tragedia

FITUR siempre ha sido un termómetro del turismo, pero FITUR 2026 pasará a la historia por otros motivos. No como el año de la innovación, ni de la sostenibilidad real, ni del reencuentro con el viajero consciente. Pasará como el año en que el ruido sepultó al sentido.

Fue, además, el  FITUR tres días después de la tragedia ferroviaria que dejó 45 víctimas. Un accidente que no solo marcó la actualidad, sino que instaló el miedo en el viajero. Bastaba escuchar en televisión a una mujer mayor llorando porque tenía que coger el AVE para ir al médico para entender que algo se había roto. Viajar, de pronto, ya no era sinónimo de ilusión, sino de inquietud.

Ese clima se percibía en los pabellones. Resultaba desolador recorrer espacios como el de Córdoba o el de Renfe-Adif. Y esa sensación parecía contagiarse al resto de la feria.

Eso sí: pabellones cada vez más grandes, más caros, más espectaculares… y, paradójicamente, más vacíos de contenido. Mucho neón, muchas pantallas, muchos eslóganes grandilocuentes y mucho aperitivo, pero pocas ideas nuevas y muy pocas respuestas a los problemas reales del sector: la despoblación rural, la estacionalidad, la precariedad laboral o la pérdida de identidad de los destinos.

El viernes al mediodía, los pasillos ya estaban medio vacíos. Muchos stands cerraron antes de tiempo. La feria parecía agotada antes de acabar.

La tragedia, sin embargo, no fue solo el accidente. Fue también conceptual. FITUR 2026 mostró un turismo desconectado del territorio, del habitante local y del viajero que busca algo más que una foto o un hashtag. Mucha tecnología, muchas plataformas de IA, revenue, booking… pero poco relato, poca verdad, poco alma.

Los stands de comunidades y regiones repetían fórmulas conocidas: cada pueblo mostrando lo de siempre, sin propuestas nuevas ni experiencias que realmente sedujeron al viajero. Lo mismo de otros años. Lo previsible. Lo intrascendente.

Mientras algunos destinos rurales luchan por sobrevivir con presupuestos mínimos, otros compiten a golpe de espectáculo efímero. Se habla de sostenibilidad como palabra de moda, pero se sigue premiando el volumen frente al valor, la cantidad frente al cuidado.

Y en medio de todo, los pequeños proyectos —hoteles rurales, iniciativas familiares, experiencias auténticas— quedan invisibilizados. No porque no aportan, sino porque no gritan, no deslumbran, no encajan en la lógica del exceso.

Quizá lo único positivo de FITUR 2026 sea que dejó algo claro, al menos en el pensamiento colectivo: que el turismo es, ante todo, personas. Las que viajan y las que viven en los destinos. Y que hay imágenes —como la de los trenes descarrilados— que nadie podrá olvidar fácilmente.

Tal vez esta tragedia sirva, al menos, para algo: para recordar que otro turismo es posible. Más lento, más humano, más honesto. Uno que no necesite focos para existir, pero sí respeto para perdurar.

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