Hemos convertido el cansancio en una virtud.
Dormir poco es liderazgo, la multitarea es éxito y pensar sin parar es compromiso.Pero no lo es.
Confundimos desconectar con descansar y resultados con bienestar. Y así tomamos decisiones cansados, lideramos cansados y cuidamos la salud cuando ya está rota.
Un liderazgo agotado no inspira, sobrevive.
Un cuerpo cansado no rinde, aguanta.
Y una mente saturada no crea, repite.
Por eso volver a lo básico —el silencio, el ritmo lento, la naturaleza— no es escapismo: es salud, claridad y responsabilidad.
Porque descansar no es parar.
Es volver a pensar bien.
Hemos convertido el cansancio en un mérito.
Dormir poco es compromiso. La multitarea, talento. Llegar al límite, profesionalidad.
Pensar demasiado (overthinking) se confunde con implicación. Y estar agotado… es lo normal.
Pero no lo es.
Vivimos cansados, decidimos cansados, trabajamos cansados y cuidamos cansados. Saltando de tarea en tarea, de pantalla en pantalla, con la cabeza siempre llena y el cuerpo siempre atrás.
No paramos nunca, pero tampoco avanzamos de verdad.
Hemos confundido desconectar con descansar.
Desconectar es apagar un rato.
Descansar es recuperar criterio, energía y presencia.
Y casi nadie descansa.
Perseguimos el éxito como si fuera resistencia al desgaste: más horas, más ruido, más velocidad. Pero rara vez nos preguntamos si ese éxito tiene algo que ver con la felicidad o solo con sobrevivir sin caernos.
El problema no es estar cansado alguna vez.
El problema es cuando el cansancio deja de ser una señal de alarma y se convierte en identidad.
Porque una sociedad agotada no piensa, no cuestiona y no decide bien. Solo cumple, aguanta y sigue.
Hasta que un día —como siempre— pasa algo.
Y entonces nos preguntamos cómo hemos llegado ahí, cuando la respuesta llevaba años gritándonos en forma de cansancio.


