En la ciudad, la lluvia molesta.,interrumpe planes, atasca calles, obliga a correr, a ir con paraguas, chubasquero,
En el campo, la lluvia sucede. Y cuando sucede de verdad, lo cambia todo.
La lluvia intensa no es solo agua cayendo: es un acontecimiento. Se anuncia en el aire, en el silencio previo, en el olor a tierra que llega antes de la primera gota. Aquí nadie se queja. Se mira al cielo, se abre la ventana y se agradece.
Cuando llueve fuerte, el campo respira, Los caminos se oscurecen, los olivos brillan, los arroyos despiertan. La tierra, que sabe esperar, recibe el agua como quien recibe una visita largamente esperada, hasta que no puede mas, los pantanos se llenan, hasta que hay que empezar a desaguar,… No hay urgencia. Hay paciencia. Aunque se pierdan cosechas, no vayan turistas,no se pueda circular por el viento
En las ciudades , el mundo se vuelve pequeño y solo a veces acogedor. Una mesa, una conversación lenta, el sonido continuo de la lluvia contra la piedra. La lluvia intensa invita a quedarse, a no hacer nada más que estar. Y eso, hoy, es casi revolucionario, ya que fuera solo hay atascos.
Desde un punto de vista humano, la lluvia nos devuelve algo que hemos perdido: la capacidad de adaptarnos al ritmo natural. No decidirlo todo. No controlarlo todo. Aceptar que hay días para caminar y días para escuchar cómo cae el agua. Incluso el cuerpo lo agradece. La lluvia limpia el aire, baja el ruido, relaja. Nos obliga a bajar el paso, a respirar más profundo, a mirar hacia dentro. No cura enfermedades, pero ordena. Y a veces eso es suficiente.
En Balhondo, la lluvia intensa no cancela planes. Los transforma.
Se convierte en tiempo compartido, en silencio acompañado, en una tregua amable con el mundo exterior.
Porque hay lluvias que empapan la ropa.
Y otras —las mejores— que empapan el alma.
Eso si Nunca llueve a gusto

