Acabamos de celebrar la comida de navidad , es verdad que un poco tarde, pero mejor tarde que nunca.
Hay comidas que no se olvidan. No solo por lo sofisticado del menú, sino por lo que ocurre alrededor de la mesa. Esta Navidad la celebramos en Cañamero,el pueblo de las Villuercas , con sus sierras impresionantes, valles, vinos y su ermita de Belén y el restaurante de unos suizos, que un día decidieron cambiar los Alpes por las Villuercas,y que está en medio de un olivar.
Nada más entrar, se nota algo distinto. No es solo el orden, ni el cuidado en los detalles. Es la calma. Esa forma de entender la hospitalidad sin prisas, donde nadie te empuja a terminar ( no tienen washap, terminamos a las cinco de comer y las pocas mesas que tienen estaban todavía llenas,y solo abre los fines de semana al mediodia) y donde el tiempo parece, sencillamente, respetarse.
La comida fue un encuentro entre culturas: producto extremeño tratado con mimo centroeuropeo. Sabores reconocibles, honestos, sin artificios. Platos bien pensados, (primero paté iberico natural, tosta de pollo y marisco, sorbete de higo chumbo,lomo iberico , y antes de terminar una tabla gigante de quesos) bien ejecutados, servidos con una sonrisa tranquila y una conversación amable.Y para beber un zumo espectacular y un vino de la zona, y para terminar tres helados diferentes y licores matahombres. Como si la Navidad, de pronto, se volviera más sencilla.
Entre plato y plato, surgió lo mejor: historias. De cómo llegaron, de por qué se quedaron, de lo que encontraron aquí que no querían perder. y lo más importante historias entre los que fuimos que aunque trabajamos juntos muchas veces no nos conocemos .Y uno entiende entonces que la España rural no está vacía, está esperando a quien sepa mirarla despacio. Y al terminar de comer un paseo digestivo hasta un alfarero, que tiene un taller y un jardín de piezas al otro lado de la carretera.
Al salir, Cañamero seguía siendo el mismo pueblo silencioso, con sus calles tranquilas y su aire de sierra.( tiene un ayuntamiento de los de Bienvenido Mr. Marshall, antiguo, antiguo) Pero algo había cambiado: la certeza de que en estos lugares pequeños pasan cosas grandes.
A veces, la Navidad no necesita luces ni excesos. Solo una mesa compartida, buena comida y la sensación de estar exactamente donde uno tiene que estar.


